lunes, marzo 19, 2012

Los abuelos de Jerónimo y Asunción

A inicios del siglo XIX en Alajuela se formaron las parejas de jóvenes que darían a luz a los abuelos de Jerónimo Rodríguez y Asunción Loria, quienes a su vez conformaron una familia en Atenas, Alajuela, cuando tenían 23 y 21 años, en abril de 1902.

En ese momento el pueblito apenas arrancaba con el nuevo auge por la construcción del nuevo Ferrocarril al Pacífico, que corrió por primera vez en 1910 pocos años después del matrimonio de Jerónimo y Asunción, cuando ya habían nacido sus primeras dos hijas: Hortensia (1904) y Caridad (1909). En ese auge comercial y de servicios creados por el ferrocarril, que tenía una estación en Atenas, crecerían las otras dos niñas y tres niños de la pareja en los siguientes veinte años, guiadas por la inmensa actividad de Asunción, con su venta de comida para peones de fincas y paseantes del ferrocarril, venta que desarrollaría con la ayuda de las niñas que se irían incorporando progresivamente, mientras su marido seguía en su oficio de trabajador agrícola. No siempre vivirían en Atenas, pues también anduvieron por Guanacaste cuando Jerónimo se fue a las minas de Abangares y su esposa lo siguió...

Muchos años antes aquellos jóvenes alajuelenses iniciarían ese mismo tipo de aventura: la matrimonial. Los abuelos de Asunción se unieron a finales del siglo XVIII y los inicios del siglo XIX. Andrés Loria (quien falleció en junio de 1838) y Josefa Delgado que falleció en de octubre de 1846) contrajeron matrimonio en esa villa de unas pocas docenas de familias. Casi al mismo tiempo y en el mismo poblado de La Lajuela, Juan Cristóbal Contreras (fallecido en 1855) y Viviana Solano (fallecida en 1843) harían lo mismo.

Alajuela había sido destruida por orden del obispo de Heredia Isidro Bullón y Figueroa en el año 1748. El cura de la región en compañía del alcalde y un grupo de veinticinco soldados fueron al caserío de La Lajuela, donde incendiaron veintiuna casas y obligaron a sus moradores a trasladarse a Cubujuquí -Heredia-. Pero la población dispersa de las fincas volvió a ir agrupándose poco a poco y algunas décadas después ya alcanzaba alrededor de doscientas familias, de manera que en 1782 se consolidaría la población con un oratorio y un pequeño cuadrante, es decir la comunidad dónde crecerían ambas familias de pioneros y dónde contraerían matrimonio antes de iniciar su migración al oeste, hacia Grecia y Atenas.

Esas dos parejas alajuelenses dieron a luz a Juan Loria Delgado, hijo de Andrés y Josefa, mientras que Manuela Contreras Solano fue la hija de Juan Cristóbal y Viviana. El también joven agricultor, Juan contrajo matrimonio en agosto de 1829 con la joven Manuela en Alajuela, pero poco después se trasladaron hacia una zona de nueva colonización y para 1840 ya se habían establecido en Grecia, Alajuela.

Por la misma época, a mediados del Siglo XIX, Fulgencio Alvarado y María Zamora nacidos en los años 1830s, contrajeron matrimonio, también en Alajuela. María falleció en 1896 en Alajuela. Ellos fueron los padres de Esmeralda Alvarado Zamora.

El auge cafetalero de los años cuarentas del siglo XIX permitiría el trabajo en la zona alajuelense y sus poblados en la ruta hacia Puntarenas, no solo por la siembra en las grandes haciendas, sino por el transporte del café en miles de carretas. Por lo que migrar hacia las nuevas zonas y las nuevas abras no sería nada extraño entre las parejas jóvenes de mediados del siglo; auge que sería interrumpido por la campaña nacional de 1856 y la epidemia de cólera de la misma época.

La pareja que se traslado a Grecia, Juan y Manuela, daría a luz a José María Loria Contreras, mientras que Esmeralda Alvarado Zamora, sería la hija de Fulgencio y María (quizás entre otros muchos hermanos de quienes no se tiene noticia).

Tampoco se tiene noticia de en qué circunstancias familiares sucedió el traslado a Grecia, pero lo cierto es que José María y Esmeralda se conocieron y casaron en su juventud, en enero de 1877, ya en la parroquia de Grecia, y dieron a luz a varios hijos, entre ellos Ascensión Loria Alvarado (María Asunción) nacida en agosto de 1880, bautizada también en la parroquia de Grecia.


Por el lado de Jerónimo las noticias no llegan tan atrás en el siglo, pues tan solo se tienen datos de dos generaciones anteriores, pero es claro que también fueron familias jóvenes que se movieron desde Alajuela hacia la ruta de la costa, en este caso a Atenas, donde nacieron tanto Felipe Rodriguez como Ma. Dorotea Brenes, los dos fallecidos muy jóvenes, pero luego de haber procreado varios hijos y perdido otros tantos, lo que era algo normal para las condiciones sanitarias y de salud de la época.

Felipe Rodríguez nacido en 1836 en Atenas, falleció a los 40 años (de ‘inflamación’) y fue sepultado el 31 de Agosto de 1876. Ma. Dorotea Brenez, nació en Atenas en 1840y falleció a los 38 años en 1878. De ‘desintería’ según dice el acta de defunción de Dorotea, lo que era común en la época por las malas condiciones del agua y lo fácil de la contaminación, no obstante es de interés que coincide con el año de su parto doceavo, y muere también su hijo, Pedro Rafael de ‘cero años’. Tan solo un año separa la muerte de los dos miembros de la pareja a edades muy tempranas: 40 y 38.

Como no fue sino hasta el año 1846 que la parroquia de Atenas se fundó, es esperable y normal que no haya registros de sus nacimientos en ese sitio. Su matrimonio –si es que lo hubo- sería alrededor de 1855/1856, pues su primer hijo registrado es en 1857 en plena época de la Campaña Nacional: el país en guerra y Atenas sería sin duda un sitio de paso de las tropas nacionales desde el Valle Central hacia la frontera norte.

La tercera de la camada se llamó Jacoba De Jesús Rodrigues Brenes nacida el 31 de julio de 1861 en Atenas. Jacoba, era una niña de 17 años cuando dio a luz a Jerónimo, quien no tiene padre registrado o conocido, por lo cual lleva ese apellido Rodríguez de su madre.

Jacoba casó años después, el 23 de abril de 1883, con Seledonio Rafael Castillo (de quien era viuda al morir) en Atenas. Murió a los años 54 años y fue sepultada el 26 de abril de 1915 en también en Atenas.

Jerónimo de Jesús Rodrigues nació el 19 de julio de 1878 en Atenas.


Jerónimo Rodríguez y Asunción Loria son mis abuelos maternos.

jueves, marzo 15, 2012

200 años: la ruta de los Argüellos…

A finales del Siglo XVIII, por los años 1790s quizás, se conformó una pareja de jóvenes heredianos que contrajo matrimonio, el 2 de junio de 1805, en La Inmaculada Concepción de HEREDIA (o sea la parroquia central de la ciudad de Heredia, que había sido construida en 1796). Nicolás Argueyo y Anselma Gonsales un año después dieron a luz a su primogénito, Liberato, quien en su juventud se trasladaría al caserío de la Lajuela. Este poblado había sido creado recién en 1782 con unas pocas familias. No fue sino hasta 1790 que las autoridades españolas ordenaron la constitución de una parroquia en Alajuela, la que se construiría poco a poco en los años siguientes, de manera que el primogénito de Nicolás y Anselma sería uno de los que llegaron en los primeros años del pueblo y de su propia vida; ahí formaría familia y seguiría su ruta, ya casado, hacia otros pueblos en formación, siendo pioneros en diversos momentos de su vida.

Alajuela fue nombrada Villa Hermosa hasta 1831, cuando ya Liberato Arguello Gonzalez estaba ahí asentado y dónde se casaría seis años después, en 1837, a la edad de 31 años. El herediano contrajo matrimonio con una alajuelense, Ygnacia Alvarez Alvarado, de padre alajuelense y madre herediana. Estos últimos se habían casado también en Santa Iglesia Parroquia de San Juan Nepomuceno de Alajuela en 1831, que precisamente ese año estaba inaugurando la condición de villa, es decir eran de los primeros habitantes de la nueva villa.

De cepa Herediana, pero migrados hacia Alajuela, Liberato e Ygnacia iniciaron una nueva aventura migratoria, muy normal por aquellos años en que iniciaba un auge económico asociado con el comercio internacional y la exportación de café en la ruta que va desde Cartago hacia el oeste, que consolidó la antigua villa de Heredia y la nueva de Alajuela, pero también los poblados localizados en la ruta desde Alajuela al puerto de Puntarenas, atravesando los Cerros del Aguacate: Atenas, Orotina y Esparza. La pareja llegó a Atenas, a inicios de la década de 1840s, a un pueblo que apenas fundaba su parroquia (un signo inicial de consolidación y relativa estabilidad). No fue sino hasta en 1833 que los vecinos de Sabana Larga presentaron una solicitud para edificar una ermita, que se dedicaría en 1846 al arcángel San Rafael ya como parroquia en la nueva ubicación del poblado.

La pareja se asentó en Atenas y se ocupó en tareas agrícolas y comerciales de pequeña escala, pobremente, como casi todos los vecinos de ese poblado, que se empezaba a dinamizar con el paso de las largas filas de carretas cargadas de café hacia el puerto de Puntarenas y los mercados europeos.

Liberato e Ygnacia dieron a luz a su primogénita Rafaela Arguello Alvarez en Atenas en 1843, quien murió muy joven, a los 30 años de edad, en 1873, luego de dar a luz a cuatro hijos, siempre sin casarse. Una de sus hijas, también nacida en Atenas, en enero de 1866 y que fue bautizada en la parroquia de Atenas, sería Ildefonsa Arguello, quien también dio a luz a cinco hijos sin casarse y murió joven de parto. Esa notoria característica que se repite en ambas generaciones no es extraña, sino más bien normal en poblados recién iniciados y cambiantes, de pocas familias casi siempre aisladas en fincas y terrenos de cultivo; los que para la época no tenían mayor institucionalidad y muy jóvenes, casi adolescentes, iniciaban relaciones de pareja no siempre duraderas o formales, pero casi siempre con hijos que quedarían al cuidado de la muchacha en casa de sus parientes.

Uno de los hijos de Idefonsa nació el 12 de octubre de 1891 en Atenas y fue bautizado al día siguiente en la misma parroquia de la villa de Atenas. Se llamó Nicomedes Argüello González, y fue quien inició una nueva rama 'urbana' de la familia pues migró hacia San José y, aunque de origen campesino de un pequeño pueblito localizado en media montaña y de familia de agricultores, se conocía como de oficio albañil, un trabajo más bien típicamente urbano, ya cuando a los 39 años contrajo matrimonio con María Cartín Jiménez, el 7 de marzo de 1931, en la parroquia de La Merced, en el centro de San José.

María era escazuceña, de los Cartín de cinco generaciones, pero se fue a radicar con su marido en un viejo caserío en la margen del Río Virilla conocido como La Uruca, al nor-oeste de San José, donde creció su único hijo, Víctor Manuel Argüello Cartín (nacido el 26 de agosto de 1915 ahí en La Uruca, San José), de oficio trabajador de la construcción (carpintero, albañil, pintor, maestro de obras...), ya en una familia completamente urbana, del centro capitalino nacional y quien fuera mi padre.

domingo, marzo 04, 2012

Los descendientes inmediatos del Matrimonio Argüello/Rodríguez

María Adoración Rodríguez Loria (Doña Dora) contrajo matrimonio con Víctor Manuel Argüello Cartín (Don Víctor) el 24 de octubre de 1941.

Doña Dora nació en Atenas, Alajuela, el 4 de junio de 1911 (y la bautizaron el 13 de junio del mismo año en la Parroquia de Atenas).

Don Víctor nació en la Uruca, San José, el 26 de agosto de 1915 (y lo bautizaron el 31 de octubre del mismo año en San José).

Sus hijos son:

Guillermo (William) nació en 1936 -26 de set-, cuando ella tenía 25 cumplidos. En la inscripción registral como padre de Guillermo aparece Víctor Manuel Argüello Cartín, así se inscribió, aunque el matrimonio de sus padres fue 5 años después.

Eugenia nació 7 años después de Guillermo, en 1943 -12 de marzo- (1 y medio años después del matrimonio de sus padres). Sabemos que hubo un embarazo –pérdida- algo así como uno año antes del nacimiento de Eugenia, o sea, a más tardar a inicios del 1942.

María de los Ángeles (Marielos) nació el 1 de noviembre de 1944, poco más de uno y medio años después de Eugenia.

María Teresa nació el 8 de agosto de 1946, poco menos de dos años después de Marielos.

Miriam (de los Ángeles) nació el 29 de junio de 1949, casi tres años después.

Manuel Antonio nació en 1952 (18 de mayo), también casi tres años después de Miriam, para entonces, el hermano mayor, Guillermo, ya tenía casi 16 años (en realidad 15 años 4 meses).

Guillermo casó 3 años después -1955- con 19 años, pues su primer hija, Yamileth, nació en 16/oct/1956, o sea cuando Guillermo tenía 20 años recién cumplidos, hacía un mes en set 56.

Iniciando con ello, una nueva generación de la familia.

sábado, marzo 03, 2012

Genealogía de familia Argüello-Rodríguez

Padre/Madre:

- Víctor Manuel Argüello Cartín. Víctor Manuel Humberto de Jesús. Hijo de Nicomedes Argüello y María Cartín (es interesante anotar que en la partida de bautismo primero se anotó “hijo natural" y luego se tachó la palabra “natural” y se puso encima "legítimo" de María Cartín y Nicomedes Argüello (viendo la fotocopia del libro de bautizos original, se nota que toda la boleta está escrita con la misma letra y escrita en el mismo momento, no es que se agregó luego el nombre del padre, evidenciando que al escribir hubo un error y se corrigió de inmediato por el mismo escribiente que había anotado el nombre de la madre y del padre seguidos en el mismo renglón del formulario). Nació a las 7 p.m. del 26 de agosto de 1915 en el distrito de la Uruca y fue bautizado el 31 de octubre en San José. Fueron sus padrinos Francisco Vargas y María Gonzáles, cónyuges. Falleció en setiembre de 1974 en SJ.

- María Adoración Rodríguez Loria. María Socorro Adoración. Hija legítima de Jerónimo Rodríguez y Ascensión Loria. Nació el 4 de junio de 1911 y fue bautizada el 13 de junio en la parroquia de Atenas. Fue su madrina Beatriz Calderón. Falleció el 5 de marzo de 1998 en San José.

Contrajeron matrimonio el 24 de octubre de 1941, en La Soledad, San José.



Abuelos:

- Nicomedes Argüello Gonzáles. José Nicomedes de Jesús. Hijo natural de Ildelfonsa Argüello. Nació el 12 de octubre de 1891 y fue bautizado el día siguiente en la parroquia de Atenas. Fue su padrino Joaquín Espinoza.

- María Cartín Jiménez. María Engracia Sebastiana de la Trinidad. Hija legítima de Miguel Cartín y Remigia Jiménez. Nació el 19 de enero de 1887 y fue bautizada el día siguiente en Escazú. Fue su madrina María Zúñiga. Casó en primeras nupcias con Gabriel León Marín, el 23 de abril de 1903, en la parroquia de Escazú. María tenía 17 años de edad y Gabriel 25. Tuvieron al menos 3 hijos, uno de ellos murió de niño, de los otros no tengo más datos. Gabriel murió en abril de 1908, debido a una afección cardiaca.

Contrajeron matrimonio a las 5 de la mañana del 7 de marzo de 1931, en la parroquia de La Merced, San José. La partida de matrimonio indica que María era viuda de Gabriel León y tenía 44 años de edad. Además, señala que Nicomedes tenía 39 años de edad y era albañil. Fueron testigos Maximilio (¿?) Segura y Elena Segura de Chaves, cónyuges, él comerciante y los dos de San José.


- Jerónimo Rodríguez. Jerónimo de Jesús. Hijo natural de Jacoba Rodríguez Brenes. Nació el 19 de julio de 1878 y fue bautizado el día siguiente en Atenas. Fueron padrinos José Salazar y Benita Barboza.

- Ascensión Loria Alvarado. María Asunción. Hija legítima de José María Loria y Esmeralda Alvarado. Fue bautizada el 15 de agosto de 1880 en la parroquia de Grecia. Fueron padrinos Domingo Molina y María Bogantes.

Contrajeron matrimonio a las 7 de la mañana del 26 de abril de 1902, en la parroquia de Atenas. La partida de matrimonio indica que Ascensión tenía 21 años de edad y que Jerónimo tenía 23 años y era de profesión agricultor. Fueron testigos Jerónimo Calderón y Abel Villegas.



Bisabuelos:

- Ildefonsa Argüello. Yldefonza de las Piedades. Hija natural de Rafaela Argüello. Nació el 20 de enero de 1866 y fue bautizada el día siguiente en la parroquia de Atenas. Fue padrino Espíritu Santo Alfaro. Tuvo al menos 5 hijos naturales, todos nacidos en Atenas.


- Miguel Cartín Araya. Hijo legítimo de José María Cartín e Ildefonsa Araya. Murió de cáncer y fue sepultado el 26 de enero de 1907, en Escazú.
- Remigia Jiménez Herrera. Rafaela Remigia de Jesús. Hija legítima de Nicolás Jiménez y Manuela Herrera. Fue bautizada el 1 de octubre de 1860 en Escazú. Fueron sus padrinos Leandro Delgado y Manuela Delgado. Fue sepultada el 27 de marzo de 1897, en Escazú. Murió de “tisis”.

Contrajeron matrimonio el 23 de junio de 1879, en la parroquia de Escazú. Fueron testigos Lorenzo Montes y Mercedes Roldán.


- Jacoba Rodríguez Brenes. (bisabuela)- nació el 01 de agosto de 1861 en Atenas; hija de Felipe Rodriguez y Ma. Dorotea Brenes. Su hijo Jerónimo nació en 1878 cuando Jacoba tenía 17 años. Jacoba se casó 5 años después, el 23 de abril de 1883, con Seledonio Rafael Castillo, en San Rafael de Atenas. Murió a los años 54 años y fue sepultada el 26 de abril de 1915 en Atenas.


- José María Loria Contreras. Hijo legítimo de Juan Loria y Manuela Contreras.
- Esmeralda Alvarado Zamora. Hija legítima de Fulgencio Alvarado y María Zamora.

Contrajeron matrimonio el 15 de enero de 1877, en la parroquia de Grecia. Fueron testigos Tranquilino Alvarado y Rafaela Lizano.



Tatarabuelos:

- Rafaela Argüello Álvarez. Muy probablemente es hija de Liberato Argüello e Ignacia Álvarez. Tuvo al menos 4 hijos naturales, todos nacidos en Atenas. Fue sepultada el 29 de enero de 1873 en Atenas. Se indica que era soltera y que murió de “treinta años de edad”. (1873-30= 1843, año probable de nacimiento de Rafaela, sus supuestos padres se casaron en 1837 en Alajuela)


- José María Cartín Arias. Hijo legítimo de José Antonio Cartín y Manuela Arias. Bautizado el 12 de diciembre de 1812 en Escazú. Fue su padrino Cayetano Cartín. Fue sepultado el 13 de junio de 1856 en Escazú. Fue una de las miles de víctimas de la epidemia del cólera. Uno de sus hijos, el niño Ramón Cartín Araya, también murió por la epidemia.

- Ildelfonsa Araya. Hija natural de Baltasara Araya. Murió de calentura, el 28 de agosto de 1879, y fue sepultada el día siguiente en Escazú. 80 años.

Vivieron en Escazú.


- Nicolás Jiménez. Fue sepultado el 13 de diciembre de 1895 en Escazú. Murió de “un ataque del corazón a la edad de 80 años”.

- Manuela Herrera (En algunos documentos se le apellida Chacón). Fue sepultada el 23 de mayo de 1895 en Escazú. Murió de “tisis, a los setenta años de edad”.

Contrajeron matrimonio el 20 de mayo de 1857, en Escazú. Fueron testigos Simón Mora y Petronila Obando.


- Juan Loria Delgado. Hijo legítimo de Andrés Loria y Josefa Delgado.

- Manuela Contreras Solano. Hija legítima de Juan Cristóbal Contreras y Viviana Solano.

Contrajeron matrimonio el 27 de agosto de 1829, en Alajuela. Fueron testigos Santana Sibaja, María Bustos y ¿Roiny? Sibaja. Para 1848 ya se habían establecido en la zona de Grecia, Alajuela.


- Fulgencio Alvarado.

- María Zamora. Fue sepultada el 7 de abril de 1896 en Alajuela. Murió de “fiebre a la edad de sesenta años”.

Vivieron en Alajuela.



Cuartos abuelos:


- Liberato Argüello -julio de 1806 en Heredia, -. Hijo legítimo de Nicolás Argüello y Anselma Gonzáles (o Nicolás Argueyo y Anselma Gonsales).

- Ignacia Álvarez Alfaro. Hija legítima de José Antonio Álvarez y Eusebia Alfaro.

Contrajeron matrimonio el 26 de julio de 1837, en Alajuela. Fueron testigos Javier Alfaro y Roque Sibaja. Para 1847 ya se habían establecido en Atenas.



- José Antonio Cartín. No hay más datos.
- Manuela Arias.

Contrajeron matrimonio en la primera década del siglo XIX. Vivieron en Escazú.


- Baltasara Araya. No hay más datos.


- Andrés Loria. Fue sepultado el 17 de junio de 1838 en Alajuela.
- Josefa Delgado. Fue sepultada el 9 de octubre de 1846 en Alajuela.

Vivieron en Alajuela a finales del siglo XVIII y primera mitad del siglo XIX.


- Juan Cristóbal Contreras. Fue sepultado el 5 de abril de 1855 en Alajuela.
- Viviana Solano. Fue sepultada el 29 de noviembre de 1843 en Alajuela.

Vivieron en Alajuela a finales del siglo XVIII y primera mitad del siglo XIX.



Quintos abuelos:

- Nicolás Argüello.
- Liberata Gonzáles.
- Nicolás Argueyo y Anselma Rodrigues (Gonsales) casaron el 2 de junio de 1805, en
La Imnaculada Concepción de HEREDIA.



- José Antonio Álvarez. Hijo natural de Bernardina Álvarez. Fue sepultado el 2 de enero de 1872 en Atenas.
- Eusebia Alfaro Ruiz. Josefa Eusebia Alfaro. Hija legítima de Matías Alfaro y Facunda Ruiz. Sus padres eran heredianos.

Contrajeron matrimonio el 10 de marzo de 1813, en Alajuela. Fueron testigos Javier Alfaro y Jorge Loria.

jueves, marzo 01, 2012

Política de vivienda y accesibilidad de los sectores de ingreso medio

La política de vivienda en Costa Rica tiene dos grandes hitos históricos: la creación del INVU en 1954 y la creación del Sistema Nacional Financiero para la Vivienda (SNFV), que incluyó el Banco Hipotecario (BANHVI) en 1987.

Durante la primera etapa, que abarca las dos primeras décadas a partir de la fundación del INVU, la rectoría de urbanismo y vivienda, que ejerció esa institución, permitió que se identificaran sitios y utilizaran fincas ubicadas en relación con las zonificaciones propuestas a futuro, así como las ideas urbanísticas de la época, de manera que se buscaba desarrollar barrios construidos y financiados por el Estado, con el máximo de los servicios, a la manera de las llamadas ‘ciudades satélites’ y el denominado ‘zoning’, concordando con principios contemporáneos de planificación urbana.

La Ley de Planificación Urbana #4240 establecería las grandes líneas conceptuales e institucionales hacia finales de los años 1960. Sin embargo, muy rápidamente los abruptos cambios en la estructura social de esas dos primeras décadas y la crisis económica (con impactos serios sobre la capacidad estatal de inversión en política social), que se agravó en la segunda mitad de la década de los años 1970, generaron una amplia brecha entre la demanda real y la demanda solvente, sobre todo entre los nuevos desempleados y grupos de muy bajo ingreso, que dieron al traste con la continuidad de esos lineamientos y conceptos.

Así, mientras al inicio el INVU construía para sectores de ingreso bajo y medio (con viviendas de 80 m2, por ejemplo en Hatillo), luego se fue concentrando en sectores de ingresos medios, pero con soluciones de menor calidad y tamaño. Así para el final de esa década prácticamente no había soluciones para los grupos de más bajo ingreso, lo que se expresó en un crecimiento intenso y abrupto de ocupaciones ilegales en los sitios de mayor concentración de pobres-urbanos: Limón, Puntarenas y San José. Esto en pocos años sirvió de base, primero para un movimiento popular reivindicativo en el tema/producto vivienda, y luego, una estructura clientelista político/electoral concentrada en la oferta de financiamiento para lotes y casas a esos sectores. La acción político/partidaria con fondos públicos permitió cooptar el movimiento y reorientarlo hacia el apoyo a candidatos y partidos, del bipartidismo tradicional, con la promesa de entregar tierra para uso urbano y construir proyectos habitacionales en forma masiva, por decenas de miles de viviendas.

El segundo hito, la creación del Fondo de Subsidio para la Vivienda (FOSUVI), que era la esencia del BANHVI, fue el instrumento que se utilizó para atender esa nueva demanda organizada de sectores de ingreso bajo y medio bajo, pero siempre, sin determinar una política a mediano o largo plazo que involucrara una determinación de la relación territorio/inversión, como parte de una política social de escala nacional. De hecho en los primeros diez años desde la creación legal del BANHVI lo que se utilizó fue financiamiento de emergencia, no del sistema financiero, mediante el expediente de declarar por decreto ejecutivo ‘emergencia nacional’ el faltante de vivienda. Así, a finales de los años 1980s y principios de los 1990s, se atendió la demanda movilizada y organizada mediate la utilización de grandes fincas de propiedad pública o recién conseguidas, sin tomar en cuenta política de tierras alguna, y amparados a ‘la emergencia’, concentrando en grandes guetos de pobreza en San José y algunas ciudades de la GAM (Cartago y Heredia especialmente) decenas de miles de pobladores traídos de diversas partes del país, generando a la vez una demanda adicional, no solvente, que migraba en busca de las soluciones concentradas en algunos sitios de la GAM; una migración inducida, precisamente por la acción estatal, pero sin proponérselo, sin analizarlo y sin dirigirlo.

Adicionalmente, los ‘precarios’ previos, convertidos en ‘proyectos’, se quedaron las siguientes dos décadas en eso: ‘proyectos’, pues en la mayoría de los casos tan solo se construyeron vivienda mínimas (casitas prefabricadas de alrededor de 40 m2) carentes de la mayoría de las infraestructuras y servicios, los que se fueron adicionando poco a poco a lo largo de los últimos treinta años, y todavía no se termina en la actualidad -2012-.

Entre tanto, tanto esa inversión de gran magnitud en vivienda, proyectos, compra de tierras y lotes (incluyendo aquellos dispersos en zonas rurales y los dos puertos principales) generaron una presión sobre los precios de la tierra y motivaron la especulación, junto a la constitución de la red clientelista de oferentes de tierras y organizadores/constructores de proyectos. Lo que, como consecuencia, encareció también los productos/solución de viviendas para sectores de grupos medios, los que fueron quedando fuera del mercado por no poder pagar los productos que esperaban conseguir según su estatus social, nivel educativo, profesión y nivel de ingreso.

Contrariamente a considerarse la ‘política de vivienda’ como algo restringido al tema de la construcción de casas por parte de las instituciones públicas, o específicamente las instituciones que financian esas viviendas con fondos públicos; contrariamente a eso, la política debe comprenderse en un sentido mucho más amplio, que abarque no solo la construcción de cobertizos mínimos, sino el impacto de la inversión en el territorio, la relación entre la demanda real, es decir el total de las familias que carecen de una solución digna a su necesidad de vivienda digna (y completa, con todas las infraestructuras y acceso a servicios esenciales) y la oferta existente en un periodo dado. Ello debe incluir la oferta de productos como materiales o casas completas, como la oferta de tierra en diversas partes del país, y esencialmente, debe incluir una determinación respecto de la capacidad real de la población demandante para adquirir esos productos en el mercado y los elementos esenciales que facilitan o dificultan el que esa demanda sea ciertamente solvente, en vez de una necesidad no satisfecha que se resuelve tan solo parcialmente por procesos irregulares e insuficientes, como los cobertizos improvisados o las ‘villas miseria’.

Siendo así, la política debe proyectar su impacto y ser una actividad esencial de la política social y de la política pública; no solo por la inversión estatal directa, sino por la regulación del mercado privado y de la política de tierras para uso urbano, incluida la zonificación y planificación del territorio en escalas pequeñas (municipio, micro-cuenca). Ello implica entonces, que no se restrinja a un sector económico particular, sino que cubra el conjunto de la población, no porque lo financie, sino porque defina los derroteros respecto al uso del territorio, el uso específico permitido del suelo a escala pequeña y la regulación del mercado de tierras. Ello debe incluir una determinación formal del precio del suelo en tanto se convierte en mercancía y en tanto que, siendo así, impide que amplias masas de población tengan derecho a una característica esencial de los seres vivos –y de los humanos en particular-, cual es el derecho de ocupar una parte de la superficie del planeta en condiciones de subsistencia digna.

La ausencia de tales definiciones y la restricción de la política al financiamiento casuístico u oportunista a generado zonas de altas densidades y escasa dotación de servicios, sobre-acumulación de población de bajos ingresos y la conformación de verdaderos guetos de pobreza creados a partir de ‘proyectos’ estatales. A la vez, ha impedido que amplios sectores alcances sus soluciones porque se lo impiden los precios especulativos del mercado inmobiliario, así de simple. Eso se ha ido consolidando con prácticas como: construir casas donde había fincas propiedad del Estado, sin importar nada más, por ser más barato, o peor aún, donde las fincas eran de amigos de los funcionarios que toman decisiones, o dónde las ofrecen los llamados ‘desarrolladores’, o las aun peores prácticas clientelistas y permisivas a la especulación con tierras.

Así, y razón de diversos mecanismos de fijación de precios que solo benefician a los especuladores urbanos y que se relacionan con la especulación inmobiliaria relacionada con el surgimiento de la llamada ‘burbuja inmobiliaria’ –y su quiebra posterior-, pero que también surgen de presiones locales que generan ideas inexactas sobre la disposición real de tierras para urbanizar en la GAM, una importante porción de la población simplemente no tiene forma de acceder al producto ‘vivienda’, tanto sectores de bajo y muy bajo ingreso (quienes disponen de un subsidio insuficiente tanto por la cantidad total disponible, como por distribución territorial y también por el monto), como a sectores de ingresos medios.

Estos últimos no solo carecen de un sistema financiero que los cubra, sino que sufren de los sobreprecios más brutales, pues el mercado ofrece lo que serían ciertamente soluciones mínimas a precios de grupo medio, quienes, razonablemente tienen una expectativa mucho más alta y no se llega a una adecuación entre precio de mercado y capacidad de pago en relación con la expectativa. Pero ello no es por falta del recurso tierra, sino por su precio falto de regulación que permite que predios pequeños y de deficiente localización se cobren en función de la demanda alterada por la sobre-oferta de compradores de productos similares pero distintos, así, la especulación excesiva vinculada con la burbuja (generada por los compradores extranjeros financiados a la ligera por bancos norteamericanos o europeos, etc.) impacta el precio de sitios dónde no hay esa demanda pero dónde los propietarios esperar tener también ganancias especulativas.

La misma existencia del subsidio para grupos de muy bajo ingreso, en determinado momento (cuando se aplicó el ‘bono lote’), llevó a que los lotes mínimos llegaran a costar en el mercado exactamente el monto del bono total, pues los oferentes de tierras los fijaron ahí en forma antojadiza, esperando que los compradores “con bono en mano” estuvieran dispuestos (como en efecto lo era) a gastar todo el bono en un lote mínimo de noventa metros cuadrados. Así, el precio por metro cuadrado quedó, casi automáticamente, y en pocos meses –hacia mediados de los años 1990- con un piso que implicara que el bono total se iba prácticamente todo en el pago del lote: el precio del suelo se trago el monto del bono apenas surgió esa figura financiera que permitía utilizar el bono para comprar lote, incluso sin urbanizar completamente. Miles de familias quedaron así con su lote y gastaron su bono y no pudieron resolver su necesidad de vivienda, sino nada más de forma precaria, con autoconstrucción elemental y sin financiamiento mínimo adecuado.

De hecho, actualmente un lote mínimo de 90 metros cuadrados a cien US dólares el metro implica, sin gastos de transferencia y demás, un monto de 9000 US dólares; lo que al tipo de cambio vigente (514 Colones por 1 US$) corresponde con aproximadamente 4.6 millones de colones, mientras el bono TOTAL vigente (hasta enero 2012) es de 5.3 millones. Es decir queda nada más un poco más de cien dólares para los gastos de transferencia y trámites y prácticamente nada para hacer una casa.

En tales circunstancias, ni siquiera las personas que tienen bono total pueden resolver su necesidad de vivienda, si viven en ciudades de la GAM, pues no podrían pagar los costos de una vivienda elemental, de hecho apenas alcanzará para trámites y comisiones. Entonces, los que sí pueden acceder a los proyectos que construyen los ‘desarrolladores’ son aquellas familias que tienen alguna capacidad de pago de créditos, que se complementan con bonos parciales para los costos elementales de inicio de obras o conseguir lotes urbanizados mínimos. El bono alcanza (excepto si se tiene tierra, lo que se da preferentemente en zonas rurales) solo para parte del financiamiento y están quedando fuera todos los más pobres que no pueden pagar créditos. El bono se orienta a una franja que NO es la más pobre, sino una un poquito más arriba: con capacidad de pagar algo de crédito y usa el bono para pago parcial y gastos iniciales, según los planes que ofrezcan las mutuales y empresarios del sector.

Sectores de ingresos más altos, pero en estratos de más de cuatro salarios mínimos no tienen ni acceso a bono ni acceso a préstamos desde hace al menos tres décadas y siguen pagando alquileres (también sufriendo precios especulativos) o viviendo con familiares o sub-dividiendo las casas que sus ancestros pudieron construir entre los años 1950s y 1970s, donde ahora habitan varias familias.

Se accede con alguna capacidad de ahorro, por ejemplo familias con ingresos de alrededor de diez salarios mínimos, a casas elementales en lotes pequeños siempre y cuando sean familias jóvenes de dos miembros adultos y uno o dos hijos pequeños. Pero hay un enorme grupo de familias con ingresos de entre 5 y 10 salarios mínimos que simplemente no pueden pagar el precio de una vivienda urbana convencional básica –de bloques o prefabricada en concreto de poco más de cien metros cuadrados-, lo que se explica en buena medida por el ‘piso’ del precio de la tierra, que se ha establecido en forma arbitraria o por razones de la presión de quienes disponen del bono parcial para comprar tierra, combinado con la existencia de especulación vinculada a la disposición de fondos externos para proyectos habitacionales de lujo, marinas y megaproyectos que presionaron desde principio de siglo y todavía continúa, pese a la quiebra de docenas de esos proyectos y el impacto que ha tenido, incluyendo el impacto en la banca nacional del país.

Pero las bajas tasas de interés y la crisis económica en países industriales, en particular EEUU, siguen trayendo capitales especulativos que presionan el precio de la tierra y alejan ese producto/mercancía (que está por completo desregulado en términos reales) de los sectores de ingreso medio.

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Escrito a solicitud del Concurso de anteproyectos de Vivienda Sostenible para Clase Media de la GAM - como miembro del Jurado Calificador -. Gran Área Metropolitana, Costa Rica. Del 13 de mayo al 31 de agosto 2011 –UICN-

Temas para una conversación sobre un proyecto alternativo en política social, ambiental y vivienda:

1. Política social, ambiental y de vivienda articuladas, con impactos económicos conjuntos: la inversión social y territorial implica validación del equilibrio ambiental/humano

2. Ciudad verde y economía verde como buen negocio: no se trata de ‘gastar’ sino de invertir, incluyendo la inversión privada lucrativa en la implementación de esa política articulada.

3. La noción de bosque urbano en el replanteamiento de la GAM y toda la planificación/ordenamiento territorial del país (PNOT –POTGAM, etc.), la inclusión de las perspectivas de cuenca y microcuenca, la planificación subregional como eje intermedio indispensable entre lo nacional y lo local.

4. La adecuación institucional para atender sectores esenciales de máxima vulnerabilidad social y económica, pero a la vez susceptibles de generar condiciones que propicien la violencia y el conflicto social en diversidad de formas:

a) -El SFNV, BANHVI y resto de instituciones de vivienda: definir una política nacional de mediano y largo plazo que tenga en cuenta tierras, precios, especulación/regulación, expropiación y usos para proyectos de interés nacional en función de necesidad, calamidad o pobreza o emergencia nacional (o regional y local).
b) -Política de vivienda atendiendo a los diversos sectores de ingreso con proyectos específicos y coordinando con empresa privada y regulando la acción de la empresa privada para permitir el acceso de quienes hoy quedan fuera: sectores muy pobres y sectores de ingreso medio, los pobres del campo y las zonas indígenas o muy alejadas.
c) -Sistemas de financiamiento según niveles de ingreso y su utilidad o aplicabilidad relativa: para qué sirve el bono, cómo debe aplicarse, como cubrir los sectores por debajo de un salario mínimo o los ‘en condición de pobreza y similares’ (casi un 30% de la población total del país), subsidios o apoyo financiero y planes de financiamiento por sectores: de 1 a 4 salarios, de 5 a 10 salarios, de 10 a 15 salarios, por tipo de familia y región
d) -Política de gestión del riesgo frente a desastres y los cambios institucionales, a partir de una comprensión cabal de su distribución territorial
e) -Modificaciones requeridas en Setena y su accionar respecto del control del uso ambientalmente adecuado del territorio, la protección y la reglamentación (cambio radical a los IFAS y su perspectiva técnica, división clara entre setena e Invu en relación a peso relativo de los temas de la planificación urbano/regional en relación con planes de desarrollo nacional y los PNOT-POTGAM requeridos
f) -El ICT que trabaja para los hoteleros y cadenas, pero no para los residentes locales y comunidades de zonas costeras: se impone una modificación sustancial de la reglamentación y legislación sobre zonas costeras y que el ICT no se quien decide pues siempre lo hace para servir a los hoteleros y sus cadenas internacionales; recuperar la importancia esencial del turismo comunitario y rural, del valor escénico y la protección como inversión de futuro: la visión estratégica del valor de la biodiversidad.


5. La determinación de una plataforma básica de ordenamiento territorial a largo plazo, con los grandes ejes y corredores estratégicos, incluyendo los biológicos y ecológicos, los energéticos y económicos, los comerciales y de integración regional ístmica (interoceánicos y centroamericanos). Carreteras y ferrocarriles interoceánicos e interamericanos (los ejes del istmo). Los grandes corredores definen la red vial nacional y regional, proyectos a 30 años.

6. Las políticas específicas para los más pobres: la re-estructuración de toda la institucionalidad y el control de la información, la simplificación y reducción institucional para elevar la eficiencia administrativa: el manejo eficiente de fondos (Fodesaf, etc.) y la ruptura del clientelismo con base en información centralizada, fidedigna y auditada.

7. Política de empleo vinculada a las políticas de vivienda y de subsidios en general, la distribución territorial y la concentración en áreas especialmente deprimidas.

jueves, febrero 09, 2012

De San Blas a Don Porfirio

En 1960 la Escuela de San Blas de Moravia era nada más una vieja casona de bahareque y partes de madera también viejísimas, junto a dos o tres novísimas aulas prefabricadas de estructura metálica, grandes ventanales y corredor lujado en ocre rojo. Había amplios patios medio encharralados y una plaza pequeña para mejengas, que colindaba con una acequia chiquita, pero que corría por un caño profundo, o quizás no tanto, pero lo parecía para alguien de nuevo ingreso; de hecho le llamaban el zanjón y era un sitio de juegos de las pandillas infantiles pues se podía pescar olominas, o guindarse de bejucos que caían largos desde los altísimos higuerones para atravesar la acequia, o caminar entre helechos y manos de tigre que tapaban al grupo entero fácilmente.

Al frente de la casona/escuela, que estaba muy cerca de una plazoleta pública y una ermita, pasaba la callecilla medio empedrada, medio ‘lastreada’, que comunicaba con La Trinidad, Santa Rosa y San Jerónimo –de Moravia-, así como con San Antonio -de Coronado-; todo en medio de cafetales, potreros y charrales con una que otra pulpería-cantina, en algún cruce de caminos, cerca de los recibidores de café, dónde se concentraba durante la cosecha el mayor dinamismo humano del núcleo básico de toda la economía nacional. A lo lejos, al norte, las Tres Marías, azules, y luego el Bajo de la Hondura por dónde pasaban los vientos fríos de fin de año y las lluvias torrenciales el resto del año, un poco más al este surgía imponente el Irazú/Turrialba.

Cerca de la escuela, había un recibidor de café grande siguiendo por la calle hacia La Trinidad cerca de un cruce de caminos de tipo ‘y griega’, donde se separaban quienes iban a San Jerónimo de quienes iban a San Antonio; y había un recibidor más pequeño en la ruta hacia San Vicente, cerca de otra acequia muy conocida, en la llamada ‘calle del barro de olla’, por dónde se pasaba luego de las clases para cargar pedazos de arcilla gris, que se sacaba fácilmente de los paredones del borde de la acequia y servía para hacer figuritas, o simplemente para munición de las cerbatanas. Hacia el sur, parecía muy lejana, varios kilómetros hacia ‘abajo’, la Parroquia de Moravia, con sus altas torres en forma de cono alargado, primero de color rojo y más tarde plateado. Pero no se tardaba mucho, por esa callecilla ‘de los buses’, que serpenteaba entre cafetales hacia lo que se llamaba ‘el centro’ y era en efecto el centro comercial, religioso, cultural y político del cantón.

Don Juan, vestido siempre con un estricto traje, con saco y corbata todos los días, alto y de hablar pausado, extremadamente gentil y pronunciación exacta, todo un caballero decían, era el director de la escuela de San Blas, pero, por mucho, la niña Aracelli siempre sería la más querida, más respetada y más apreciada. Ella sabía hacer del primer día de primaria una felicidad para todos, incluso para más de la mitad de su grupo que era repitente de primer grado, la mitad de ellos repitentes por segunda vez. Su voz daba confianza y demostraba un profundo amor por la profesión y por cada estudiante, a quienes rápido conocía y trataba de ayudar, no solo en su proceso de aprendizaje, sino en su vida cotidiana, su situación familiar, su supervivencia en fin.

La mayoría de los estudiantes eran hijos de peones de cafetal, así que los muchachos trabajaban en las cosechas y las fajinas desde antes de ingresar a primaria y las niñitas laboraban desde la madrugada en los quehaceres domésticos, aparte de también integrarse a las cosechas. Tampoco se suponía que tuvieran que estudiar mayor cosa, con aprender a contar y leer, o firmar, sería más que suficiente pues su universo tendía a ser el cafetal. La niña Aracelli sabía las condiciones de cada familia pues había sido maestra ahí por muchos años, los visitaba y conocía a cada quien, así que mientras en algunos casos trataba de conversar con los padres para convencerlos de la importancia del estudio, en otras, simplemente trataba de sacar lo mejor de los niños y niñas, lo mejor para ellos claro, del rato escaso que se los prestaran sus padres.

Eran grupos de casi cuarenta estudiantes, así que las escuelas estaban atestadas y faltaban aulas, sillas o pupitres, de todo por todo lado. Una maestra jamás podría atender esas demandas con esas condiciones de partida y el casi nulo apoyo de las familias, aparte de que un buen grupo llegaban cansados, golpeados, mal-dormidos y mal comidos, o del todo sin desayunar más que un café ‘vacío’ y venían caminando, descalzos muchos de ellos, desde las fincas de los alrededores.

Unos pocos eran distintos, sus padres tenían interés genuino y hasta algo habían aprendido antes de ingresar a primero, esos apoyarían a la maestra y a sus hijos en la aventura que iniciaba. Menos eran los que tenían alguna condición particular, como la facilidad de ya tener acceso a textos, o conocer las tablas de multiplicar o saber leer un poco, por lo menos. La niña Aracelli rápido los detectaba y los ponía a ayudar. Su tarea no sería simplemente leer el ‘Paco y Lola’ o el ‘Silabario Castellano’, sino también ayudarle a ella con aquellos a los que les costaba más, colaborar y prepararse para ayudar a los otros en sus esfuerzos por descifrar las letras y los números o, incluso, para ayudarles en cómo usar el lápiz, cortar y doblar hojitas, colorear y hacer palotes muy básicos en los reglones, ya que en esa época no existía el pre-escolar ni nada de lejos parecido en las escuelas públicas. Estas tareas elementales eran difíciles para algunos, porque sus manos ya estaban hechas para el cafetal a los ocho años, o eran ya buenas cocineras y tenían muchas obligaciones en su casa, como cuidar a los niños más pequeño y a los animales domésticos. En las fincas se les permitía tener cerdos y gallinas en los solares que les prestaban para construir sus viviendas y en los predios de la propia finca. Ahí en el cafetal tenían trabajo y podían conseguir leña, tirar sus basuras en los huecos y los residuos de alimentos con las aguas residuales podían correr por el solar, dónde los animales podían hacer su fiesta alimentaria.

La niña Aracelli, conocía cada detalle y podía agrupar a sus estudiantes según lo necesitaran. Algunos, con apoyo de la niña, hacían rápidamente las tareas obligatorias y se iban a sentar con grupos de niños que tenían más dificultades. A veces se quedaban un rato más para hacer de una vez la tarea diaria, pues en sus casas no podían dedicar tiempo a eso. Así se lograba multiplicar la labor de la niña y sacar el máximo de cada situación, contando siempre con el inmenso cariño de doña Aracelli, en cada palabra y cada gesto para con todos, en particular, para con quienes más dificultades tenían: los que llegaban con hambre o se la pasaban distraídos a la espera de poder irse.

Las diferencias eran inmensas entre distintas escuelas públicas de una misma zona, mientras en aquellas que estaban literalmente entre cafetales se repetían las escenas de la escuelita de San Blas, ya allá en el centro, en lo que entonces creíamos que era ‘la ciudad’, la Escuela Porfirio Brenes Castro se destacaba como uno de los principales edificios de la población, al costado sur de la plaza que estaba rodeada de enormes pinos. La iglesia, la escuela y el club Unión Deportiva, al norte del quiosco, eran el centro del pueblo alrededor de la plaza a cuyos costados estaban los principales comercios y en diagonal el más importante beneficio de café de la zona, el de André Challe, que ocupaba varias hectáreas. Había talabarterías, cantinas, sodas y salones de baile y la Casa Cural en toda esa área alrededor de la plaza y de la iglesia.

Pero nos faltarían todavía dos años para llegar a la Porfirio y al centro, a la ciudad…, por ahora, en 1960, iniciaríamos nuestra educación formal en la Escuela de San Blas guiados por el cariño y la formación profesional de la excelente y querida niña Aracelli Boza V, a quien ahora recuerdo con mucho cariño.

martes, octubre 25, 2011

RIESGO Y SOSTENIBILIDAD EN CIUDADES CENTROAMERICANAS: lo urbano y lo regional




…había dispuesto de tal modo la posición de las casas
que desde todas podía llegarse al río
y abastecerse de agua con igual esfuerzo
y trazó las calles con tan buen sentido
que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor


Gabriel García Márquez
“CIEN AÑOS DE SOLEDAD”


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I. RIESGO Y CIUDADES ¿SOSTENIBLES?

1. El riesgo es inherente al habitar


Desde las primeras construcciones propiamente humanas, aquellas que implicaron algún grado de estabilidad y sedentarismo, los grupos sociales debieron utilizar materiales locales y depender de las posibilidades ofrecidas en su ambiente, pero a la vez buscar aquellos sitios que ofrecían condiciones mínimas para prolongar su estadía.

Desde comunidades muy antiguas como Catal Juyuk (que se levantó alrededor del 7000 AC ), a las grandes civilizaciones que construyeron la ciudad más antigua de América, Caral (3500 AC) y portentos de la planificación urbana como Tiahuanaco (ciudad/puerto ), la cercanía a lugares con altos niveles de fertilidad o materiales para desarrollar instrumentos -como valles, lagos y faldas de volcanes-, estuvieron vinculados a los riesgos elementales de tal localización, y fue mediante la cuidadosa planificación de la construcción y los diseños precisos que lograron prolongar su existencia y sobrevivir como edificaciones mucho más allá de la capacidad social y cultural de sobrevivir como sociedades.

Las deficiencias relativas a la subsistencia social, por carencias en el abastecimiento, o la sequía, o la reducción paulatina de la riqueza de los materiales, o la degradación de los suelos, dieron al traste con el aporte portentoso de los arquitectos y constructores, cuyas obras todavía sobreviven como monumentos a su grandeza y a la vez a la falta de destreza para la subsistencia social.

No todas fueron ciudades de civilizaciones aplastadas por otras, (como en el caso de Cuzco o Tenochtitlán), sino que más bien fueron procesos propios de su dinámica social y ambiental o productiva, la que llevó al abandono del sitio urbano y la desintegración de la sociedad que las creó.

En algunos casos, la arquitectura cumplió, pero no así los planificadores sociales y de la producción ni los políticos/sacerdotes. Pero no siempre fue así, no solo por el relativo aislamiento del diseñador del espacio habitacional y su falta de comprensión del complejo contexto social, económico y político; sino también porque en muchos casos fueron sus diseños o la construcción defectuosa de estos los que fallaron y siguen fallando, creando así diversidad de riesgos para los ocupantes de tales espacios habitables o urbanos.

Pero aún antes, los grupos nómadas, con sencillos cobertizos transportables o basados en lo disponible en los alrededores, debieron localizarse en sitios en que pudieran obtener sus alimentos y cubrir sus mínimas necesidades. La selva, las cuencas de ríos, las costas, las faldas de volcanes, etc., implicaron cada una sus específicos tipos de riesgos, es decir posibilidad de pérdidas y daños para la comunidad correspondiente.

Es claro que la cercanía a volcanes ha sido una localización privilegiada por la fertilidad y la disposición de materiales rocosos y minerales de gran utilidad en la vida cotidiana; pero también las costas (de lagos y mares), o las cuencas de ríos, de donde no solo se extraía alimentos sino que a la vez constituyeron los principales medios de transporte (lo que permitió el intercambio, la variabilidad y el aprendizaje de avances alcanzados en otros territorios) y por supuesto trajeron el peligro de la destrucción total o parcial en momentos de erupción, huracanes, marejadas, crecientes o inundaciones.

El proceso de ocupación humano de la tierra ha implicado desde la localización en zonas que propician y facilitan la obtención de los recursos básicos para la subsistencia, a la extracción exhaustiva de recursos hasta su agotamiento o destrucción, contaminación o perjuicio del entorno tanto por la propia explotación extrema como por la disposición también depredadora de los residuos, incluyendo los residuos del proceso de explotación y los remanentes estériles luego de la extracción –como en la minería a cielo abierto-.

En ambos casos se ha dado un proceso de construcción de riesgo, de posibilidad de ocurrencia de daños y pérdidas, en función de la manera en que se realiza la ocupación del territorio, tanto para efectos productivos como propiamente residenciales o de servicios básicos, es decir los asentamientos, pero además para efectos de la manera en que se construye sobre ese territorio, en otras palabras la forma de diseñar y construir las estructuras, la ciudad,…la arquitectura.

El concepto de riesgo consiste en las posibilidades de ocurrencia de daños y pérdidas, tanto humanas como materiales, en situaciones concretas de concurrencia de características del territorio junto a su forma de ocupación o transformación y construcción.

Partiendo de esta concepción, el proceso de generación de riesgo está inmerso en todas las formas de actividad humana en diversos grados, pero en particular en el diseño y construcción de su hábitat. Así, el conocimiento y reducción hasta límites aceptables del riesgo es lo que se considera una gestión apropiada. Ello implica una rectificación de las prácticas destructivas, del diseño que lo evade sin resolverlo y de la normativa que permita una determinación del impacto ambiental (y su control) de la actividad humana, ya sea esta la construcción de estructuras o ciudades, el desarrollo regional y lo productivo en general.

A lo largo de los siglos, la construcción de viviendas es uno de los ejes de la economía y, a la vez, una de las más importantes demandas sociales y financieras, tanto de los países, como de las comunidades y de las familias. No obstante, todavía millones de familias construyen sus propias viviendas con escaso o ningún apoyo financiero más allá de sus propios ahorros, y, por lo tanto, difícilmente disponen de los conocimientos técnicos o el apoyo de diseñadores y constructores profesiones, y menos aún, toman como un criterio de importancia la gestión del riesgo frente a desastres.

Incluso es común el hecho de que conozcan los riesgos y hayan sido víctimas de situaciones de desastre pero asuman que no tienen otra salida que vivir en el riesgo. Otras tantas familias resuelven su necesidad habitacional por vía de programas gubernamentales o privados, formales, sin que se apliquen adecuadamente las prevenciones elementales frente al impacto de los eventos destructivos, de origen natural o humano, esto ya no en función de una decisión propiamente familiar, sino por las carencias técnicas o institucionales que tales programas presentan en muchos países; carencias que llevan incluso a ignorar a propósito reglamentos o requisitos de localización, diseño y construcción con la excusa de que se trata de situaciones de emergencia.


 
2. De Yucatán a Darién: el istmo, su geografía como condicionantes de la economía y lo urbano/regional.

Desde la época precolombina se ha documentado en Centroamérica la ocurrencia sucesiva – y a veces simultánea- de eventos de origen hidro-meteorológico o tectónico en muy diversas escalas y dimensiones. Pero también, son conocidos ampliamente desde siglos atrás los múltiples y diversos impactos de ellos en las condiciones de habitabilidad y producción, tanto en poblados dispersos como en las diversas aglomeraciones, incluyendo las antiguas capitales coloniales, las zonas bananeras en sus orígenes, los poblados costeros del Caribe y las costas del Pacífico.

Tanto la literatura especializada, como la histórica, y la ficción, describen con detalle la desaparición y traslado de las más grandes ciudades y capitales coloniales centroamericanas, los cambios radicales en zonas de producción y las gigantescas pérdidas por destrucciones apocalípticas en relación con terremotos o inundaciones: Antigua Guatemala (1527, 1717 y 1773) y Managua (1931 y 1972) pero antes León Viejo (1609), San Salvador (1576, 1659, 1854 y 1986), Tegucigalpa en 1998, Cartago en 1841 y 1910.

En todo el istmo centroamericano la población entera ha vivido a lo largo de los siglos en condiciones de riesgo múltiple derivado de su condición de contacto entre dos grandes masas continentales al norte y al sur, lo que a la vez lo privilegia en su geografía y su biodiversidad típica del trópico húmedo, y simultáneamente lo impacta periódicamente por estar localizado sobre enormes fallas de escalas macro regionales, innumerables fallas locales y una densa y continua cadena de volcanes que la recorren a todo lo largo y han generado inestables llanuras aluviales junto a grandes y abruptas cuencas caudalosas.

A ello se suma la presencia del océano Pacífico y el Mar Caribe y la rutinaria temporada de huracanes caribeños que coincide con la temporada lluviosa del Pacífico. Ello llena lagos y alimenta las avenidas y crecidas que, año tras año, bajan súbitamente de las altas pendientes e inundan casi plenamente las planicies costeras en ambos litorales.

Es en esas condiciones en que se han ido consolidando las viejas ciudades coloniales y en todo el istmo se constituyeron estructuras urbano regionales con alta preeminencia de la ciudad capital.

La rural y lo urbano se han intercalado por la articulación de una macrocefalia de la capital y su red de pequeñas o medianas ciudades a lo largo de las carreteras internacionales –en particular a lo largo de la costa del pacífico- desde México a Colombia –interrumpida únicamente por la zona de Darién-.

La región se ha constituido y reconstituido a los vaivenes del devenir económico y político no sin pocas invasiones e intervenciones militares a lo largo de los siglos XIX y XX, de manera que un capitalismo dependiente o periférico, basado en la oferta de materias primas y agro exportación fue dando paso a la inversión en el sector financiero, terciario y de servicios a las empresas multinacionales que se asentaron desde los años 60s con el impulso del MERCOMUN.

En ese proceso la destrucción de bosques primarios y la acción agrícola e industrial, altamente depredadora, fue primero en función de la explotación bananera o ganadera, y luego en función de la minería o explotación ilimitada de la madera; pero continuó con la apropiación de playas y paisajes o con la segregación de masas campesinas y la destrucción violenta de la cultura indígena precolombina y los pueblos indígenas considerados inútiles a las necesidades medias de explotación capitalista en el modelo impulsado por las multinacionales a lo largo del siglo XX.

En los años recientes se han ido consolidando procesos acelerados y profundos de transformación de la estructura productiva, que cambian radicalmente el uso tradicional del suelo en amplias áreas y se están iniciando otros nuevos procesos, como los variados megaproyectos turísticos y marinas, el canal seco, la recuperación de cuencas, la minería a cielo abierto, las grandes represas, la exploración petrolera, los nuevos grandes puertos o la ampliación del Canal de Panamá, los corredores logísticos y corredores biológicos –ambos centroamericanos-, con sus nodos estratégicos en diversos puntos del territorio nacional, en particular las ciudades portuarias y las capitales nacionales.

Los nuevos tratados regionales y extra-regionales, que buscan la consolidación del modelo de apertura y la apropiación cada vez más intensa del territorio por las grandes empresas multinacionales, expresan también una etapa de impulso de una organización productiva donde, cada vez más la población de la región no es útil como fuerza de trabajo y se expulsa o se ve obligada a migrar, para alcanzar niveles mínimos de supervivencia, convirtiendo a algunas seudo economías en simples receptores de remesas.

Finalmente, por el lado del desarrollo institucional es obvia la crisis y la escasa capacidad de gobernar por parte de los entes centralizados, pero a la vez se han estado impulsando procesos para derogar la regulación excesiva, innecesaria y paralizante, pero NO se ha desarrollado paralelamente la capacidad local e institucional para orientar las inversiones públicas y privadas de manera que eviten la creación de riesgos nuevos, prolonguen los existentes o generen procesos depredadores de la riqueza y la biodiversidad en todas las escalas del territorio, desde lo local hasta lo regional.

 
3. Lo construido que contradice la con la geografía

El choque entre lo construido y las condicionantes del medio es una característica común a las ciudades centroamericanas, al margen de cuáles hayan sido sus orígenes; así, tanto las antiguas ciudades coloniales, como los nuevos megaproyectos portuarios, tienen en común un diseño urbano que deja de lado elementos esenciales condicionados por la geografía.

Tanto las que están sobre zonas montañosas como las que su ubican en o cerca de las costas tienden a desarrollar patrones de organización espacial que priorizan principios económicos o patrones tradicionales que no toman en cuenta rasgos elementales en términos a la adaptación al medio.

Desde la red vial a las construcciones en altura, se enfrentan en vez de adaptarse a procesos locales, como las condiciones de los suelos o la localización en sitios de alto potencial de riesgo; pero a la vez, contribuyen con ese riesgo agregando estructuras y poblaciones, con sus desechos, que elevan en vez de mitigar el riesgo como resultado de la ausencia de decisiones que pongan como prioridad la permanencia segura de sus habitantes.

La estructura productiva (industrial, comercial, de transporte, habitacional) destruye y no reconstruye un hábitat humano adaptado a las nuevas circunstancias y a la vez, olvida las lecciones del pasado: por ejemplo, todo el aprendizaje de convivencia con el sismo de la vivienda indígena que fue abandonado por la implantación de la ciudad y vivienda española –pesada y sin resistencia incluso frente a terremotos menores-, lo que continúa hasta nuestros días, aun cuando ya se dispone de conocimientos técnicos suficientes para construir con seguridad.

La magnífica adaptación de la vivienda caribeña y tropical victoriana, que utilizaba la construcción con pilotes (frente a la inundación), al igual que la vivienda indígena precolombina de las costas, se ha ido abandonando y reemplazando con pesadas construcciones a ras del suelo, y claro, por debajo del nivel normal de las llenas anuales en las ciudades de ambas zonas costeras: pacífica y caribe.

Aunque las ciudades centroamericanas, incluidas sus capitales, son relativamente pequeñas, con unos pocos millones de habitantes las más grandes, su construcción y crecimiento ha carecido de los mínimos equilibrios y desde sus trazos originales, de unos pocos cuadrantes, se extendieron sobre sus territorios agrícolas aledaños siguiendo los caminos entre fincas, y sin organizar en cada caso el diseño (habitacional o industrial e institucional) con respecto a las características físicas del territorio (geográficas, geológicas, hídricas, etc.).

Así, se fueron llenando las vías hacia el mar o hacia los países vecinos, dado su carácter de corredores estratégicos, logísticos o comerciales, y dada la base económica original: la agro-exportación, ya que la preeminencia de la economía extractiva no solo se da en la producción agrícola o minera, sino también en la organización de las ciudades.

En tales condiciones la idea de ‘sostenibilidad’ está muy lejos de ser considerada y más bien, se dan procesos evidentemente depredadores del medio que ponen en riesgo millones de pobladores y obligan a derrochar otros tantos millones en reconstrucción todos los años.
 
II. DIVERSOS TIPOS DE CIUDADES:

4. La costa del pacífico vs el caribe


EL CARIBE

Como se da en Belice, que tiene su capital a 80 km tierra adentro, Belmopán, luego de que su antigua capital y principal aglomeración, Ciudad Belice, fuera casi destruida por un huracán en 1961, los demás países centroamericanos, excepto El Salvador, tienen importantes ciudades caribeñas.

Las principales ciudades del Caribe centroamericano son Puerto Barrios en Guatemala, Puerto Cortés y La Ceiba en Honduras; Puerto Cabezas y Bluefields en Nicaragua.

Todas ellas han sufrido el impacto de variados huracanes a lo largo de toda su existencia y de hecho han sido destruidas casi hasta sus bases en varias ocasiones por huracanes como Fifí, Mitch, Katrina, Épsilon y tantos otros desde tiempos inmemoriales. Bluefields (en Nicaragua) fue casi totalmente arrasada por el Huracán Juana en 1988, lo que afectó ampliamente a todo el país: “Bluefields es solo un punto de referencia, ya no existe”, dijo un primer informe del responsable en la región por parte del gobierno central.

Limón en Costa Rica y Colón o Porto Bello, en Panamá han estado a salvo de los vientos destructivos y sin impactos directos gracias a su localización hacia el sureste, pero no se libran de las intensas lluvias que bajan abruptamente de las cercanas cadenas montañosas, y constituyen barreras respecto de sus ciudades capitales en los valles inter-montanos (CR) y la costa del pacífico (Panamá).

El tamaño relativamente pequeño de la costa caribe de la región, respecto de la magnitud de los fenómenos hidro-meteorológicos caribeños y del Océano Atlántico, lleva a que durante seis meses al año todo el litoral sea vea amenazado por tormentas tropicales y huracanes, lo que tiene un enorme impacto en su actividad económica y social. De hecho muchos huracanes tienen tal dimensión que terminan cubriendo e impactando varios países y ciudades a lo largo de toda la costa, de Panamá a Belice.

Si bien, no es normal y más bien muy poco común la identificación de tsunamis en el caribe, la amenaza sísmica SI es algo permanente y que está presente en la historia urbana del caribe centroamericano, pero que ha afectado poco precisamente por la escasa población y la muy puntual concentración de ésta en las ciudades mencionadas, incluso con terremotos tan importantes como el de Limón, Costa Rica, de 1991 que llegó a 7.7 en la escala Richter pero provocó muy pocos daños humanos.

En general las ciudades caribeñas fueron esencialmente puntos de salida y llegada desde tierra adentro y no asentamientos importantes para gobierno y la administración. Desde el puerto de Colón, en el extremo caribeño del Canal de Panamá, a Puerto Barrios en Guatemala, las ciudades/puerto fueron menos que secundarias, a pesar de su importancia como puerto y punto de contacto con Europa y el este de EEUU durante el auge cafetalero y bananero.

El caso de Nicaragua fue el extremo, pues sus ciudades del caribe estuvieron casi totalmente aisladas hasta finales del Siglo XX y todavía no tienen especial significación en la economía nacional, menos aún en la configuración de la institucionalidad; todo ello a pesar de la enorme contribución de la cultura caribeña a la diversidad cultural del istmo en su conjunto.

De hecho, en Nicaragua, durante el auge de la explotación del oro en California, se generó un proceso de paso utilizando el Río San Juan, pero esto solo contribuyó al crecimiento de la importancia de la ciudad de Granada, al extremo este del gran lago, muy cerca de la costa del pacífico.


EL PACÍFICO

La costa pacífica, fue, por el contrario, la más poblada, explorada y construida desde la colonia, iniciando por supuesto con Panamá Viejo, desde dónde se lanzaron las aventuras de reconocimiento de toda la costa sur de Centroamérica en busca del llamado ‘estrecho dudoso’, claro encontrando el Cocibolga, el gran Lago de Nicaragua y llegando luego el caribe en lo que hoy es zona limítrofe entre Nicaragua y Honduras: el cabo de Gracias a Dios.

El istmo se localiza en medio de dos grandes placas tectónicas y con una cadena montañosa central que se levanta sobre la zona de subducción de la Placa Cocos bajo la Placa Caribe, localizada precisamente frente a la costa del Pacífico de Centro América. Así el istmo, está por supuesto sometido a la constante ocurrencia de sismos; más aún cuando la cordillera centroamericana está compuesta por una serie de volcanes activos en cadena, muy cerca de la costa pacífica, que cada tanto se encargan de generar enjambres sísmicos y otros impactos destructivos, como flujos piro clásticos y nubes de ceniza que pueden cubrir incluso, ya no solo varias ciudades, sino también varios países.

Las ciudades costeras del pacífico están exactamente frente a la zona de subducción en la plataforma continental, de Guatemala a Costa Rica, dónde la zona se levanta por la llamada Cresta del Coco, pero al sureste de la cual se extiende la Placa de Nazas y La Zona de Fractura de Panamá (ZFP) que es un sistema de fallas con dirección norte-sur, de gran actividad sísmica, que atraviesa el istmo, y son las que produjeron terremotos como el de Puerto Armuelles (Panamá) en el 2003.

Si bien, la zona costera propiamente tal no tiene otra ciudad capital más que la de Panamá, en el resto del istmo se encuentran importantes puertos comerciales, como Puntarenas en Costa Rica, Corinto en Nicaragua (muy cerca de la antigua capital León), y en el Golfo de Fonseca el principal puerto hondureño: San Lorenzo junto con el salvadoreño de Cutuco, localizado al lado de la ciudad de La Unión, que es la más grande ciudad de la costa salvadoreña, aunque todavía el principal puerto salvadoreño sigue siendo Acajutla, que sufrió ya un sismo de magnitud 6, en el 2009, causándole importantes daños.

Puerto Quetzal es el más importante del pacífico guatemalteco, está conectado con la ciudad de Guatemala por una moderna autopista, pero sigue siendo una ciudad/puerto relativamente pequeña. Es decir, el puerto es importante pero no tanto la ciudad, como en otros del caribe, el puerto es solo parte del corredor hacia las zonas altas tierra adentro.

Si bien las ciudades capitales centroamericanas, con sus principales manchas urbanas, no son portuarias, excepto en Panamá, sino que se encuentran tierra adentro, es también cierto que estas ciudades capitales estarían aisladas del mundo sino fuera por esos corredores comerciales y logísticos a lo largo de las carreteras que los comunican con sus puertos caribeños y del pacífico, donde se ubican variedad de ciudades intermedias, que aunque de poca población, si tienen altísima importancia logística e institucional, pues ahí se concentran los muelles y las refinadoras petroleras, así como los principales puntos aduanales de exportación de fruta y en las últimas décadas las principales áreas de expansión turística que dependen de estas ciudades costeras para su abastecimiento. También ahí se ubican varios de los principales aeropuertos.

Son estas ciudades costeras y ciudades puertos del pacífico las que están no solo frente a la amplia zona de subducción (de la placa Coco bajo la Placa Caribe), sino expuestas a la llegada de tsunamis, no solo por la alta sismicidad en la zona de subducción y sus múltiples fallas locales, sino por la altísima sismicidad océano adentro en el pacífico, desde, por ejemplo, las cadenas volcánicas de las islas hawaianas o japonesas.

Sin embargo, los diseños de estas ciudades, incluso de las instalaciones más recientes, distan mucho de tomar previsiones básicas y algunos puertos todavía en construcción no las toman de acuerdo con estándares básicos. Por otro lado, precisamente muchos de estos mega-proyectos portuarios (tanto en el pacífico como el caribe) y las ciudad/puerto que surgen o dónde se ubican, no toman las medidas protectoras mínimas adecuadas para proteger no solo condiciones de los humedales o lagos y zonas de pantanos aledañas a la playa, sino tampoco la población local que se dedica, por ejemplo, a la pesca y captura de crustáceos en los manglares y bosques salados, como es el caso específico del nuevo puerto que se construye en La Unión, El Salvador, donde el municipio tiene muchos nuevos costos y las empresas del puerto no pagan prácticamente nada de impuestos o se han negado a cumplir con su parte.

En general las ciudades portuarias de la región, tanto en el Caribe como en el Pacífico, se localizan en terrenos influidos por la dinámica costera (erosión, corrientes, marejadas, etc.) y de desembocadura de grandes ríos, con partes muy planas y con extensos esteros y humedales de riquísima biodiversidad.

En estas ciudades hay muchas barriadas de comunidades de pescadores y productores de otros artículos de origen marino o del manglar (conchas, etc.). Pero hay también producción agrícola tradicional, incluyendo maíz y caña en zonas que no son adecuadas. Las viejas tierras deforestadas de sus bosques salados fueron utilizadas para plantaciones (como algodonales –El Salvador, Nicaragua- o bananales –Costa Rica, Honduras o Guatemala-) y se contaminaron por años con insecticidas y otros productos químicos.

Durante las últimas décadas en muchas de estas ciudades costeras centroamericanas, sino en todas, se impulsaron proyectos turísticos que están en marcha, pero no se han desarrollado por completo en todo lado (en buena medida por la crisis financiera y la ruptura de la burbuja inmobiliaria), aunque si hay presión por las tierras que podrían utilizarse en tales proyectos, lo que ha impactado en los precios del suelo y afectado seriamente a los residentes y pobladores locales en trabajos tradicionales, como producto de lo cual se ha incrementado un proceso de segregación social y territorial desde la costa.
 
5. Ciudades de altura en valles inter-montanos:


En zonas poco inundables, a diferencia de las llanuras aluviales, se ubican buena parte de las más importantes ciudades centroamericanas, en valles inter-montanos y territorios muy quebrados con múltiples columpios y de más fácil control de la dinámica de los ríos, pero a la vez de gran calidad y fertilidad y con capacidad de soportar temporadas secas sin altos peligros de incendio y apropiadas para la agricultura, con áreas más bien de uso forestal en peligro por sobreexplotación y dificultades por erosión en laderas.

Hay tierras de partes planas en la base de los numerosos valles, pero altas, con facilidad para drenar, integradas a los procesos estandarizados de explotación agrícola de escala micro empresarial y de mediana empresa, pero no tienen grandes inversiones, excepto las tradicionales sembradíos de café, maíz o caña, así como otros granos básicos y todavía están en bajos niveles de uso de tecnología.

La infraestructura básica facilita el alcance progresivo de metas de producción y mejoramiento de la condición de zona de desarrollo agrícola en consolidación, pero ha sido destruida parcialmente, en múltiples ocasiones, por crecientes que dañan puentes seriamente y dejan barriadas de la periferia en aislamiento por horas o días.

Las ciudades capitales, desde San José a Guatemala, se asentaron en zonas de alto riesgo pues son atravesadas por ríos o barrancos, y sobre todo sobre áreas de altísimo riesgo sísmico. No obstante se presentan diversas situaciones, según el tipo de barriada para confrontar eventos peligrosos:

a. Las familias menos vulnerables y con más capacidad de resistencia colectiva y facilidad de acceso a los mecanismos institucionales tienden a sufrir muchos menos pérdidas, dado su alto nivel económico y su capacidad privada para construir con las mejores técnicas y el más capacitado apoyo profesional.

b. Las barriadas pobres normalmente están localizadas en los peores sitios, dónde las tierras son más baratas, o se localizan en la ribera de alta pendiente de los ríos urbanos, sin costo alguno; pero ahí se concentran también las peores condiciones sanitarias, de acceso a servicios y de riesgo de desastres.

Estas ciudades de tierra adentro tienen dos características básicas: la condición de capitales nacionales y los procesos de conurbación de ellas sobre las ciudades aledañas. También concentran los procesos de industrialización de la segunda parte del SXX, con sus maquiladoras y ‘zonas francas’, que trajeron no solo un nuevo tema de riesgo industrial, sino la aglomeración de población en barriadas en sus inmediaciones.

 
6. Capitales centroamericanas: su reubicación y reconstrucción urbana.

Las capitales centroamericanas, aparte de otras ciudades, han sido destruidas casi totalmente y han sido re-localizadas varias veces en varios países, pero no solo en tiempos coloniales. Los impactos de terremotos es lo más importante que han sufrido las capitales de pie de montaña y cerca de volcanes desde el siglo XIX.

Lamentablemente, las relocalizaciones no han sido suficientes como para librarlas de nuevos desastres y el proceso de reconstrucción no ha tenido en cuenta criterios elementales, incluyendo en algunos casos aspectos básicos como construir con diseño antisísmico después de haber sido destruida por un terremoto, así que décadas después es destruida de nuevo, como es el caso de Managua en 1931 y 1972, o San Salvador, etc.

El tema de las relocalizaciones sí es algo que se quedó en la colonia, pero no solo por desastres relacionados con el sismo, sino también por explosiones volcánicas severas. Pero, en la mayoría de las ciudades capitales la reconstrucción ha sido sobre los mismos escombros y en pocas ocasiones se ha resguardado una parte de la ciudad, restringiendo la construcción y extendiéndola hacia otras zonas aledañas, como forma de prevención, como es el caso de Managua también luego del terremoto de 1972.

Un caso de particular atención y que no se replicó fue el impulso del uso de reglamentos para la construcción anti-sísmica y el cambio en el uso de materiales en el caso de Costa Rica, luego del terremoto de Cartago de 1910.

A partir de ahí se impulsaron algunas medidas básicas, pero sobre todo se impulsó el abandono inmediato de la construcción con materiales tradicionales (de la casa típica colonial española) como adobe o bahareque, al margen de que con ambos materiales se pudiera obtener buenos diseños anti-sísmicos.

El hecho es que la construcción de las ciudades, y en particular la expansión urbana masiva a partir de los años 1950s se realizó primero en madera y luego con materiales prefabricados o bloques de concreto con estructuras reforzadas (concreto reforzado). Ello dio como resultado un nuevo paisaje urbano compuesto de casas de madera, livianas y resistentes al sismo en particular en el valle central de CR.
Aunque también se construyó con madera desde los años 1930s en los pueblos bananeros, con esos magníficos diseños de máxima adaptación al medio; casas con techos de media agua de hierro galvanizado (‘zinc’) y corredor frontal con jardines trasero y delantero, llenaron el paisaje urbano y semi-rural de los alrededores de la ciudad de San José y su Área Metropolitana. La predominancia de la madera, sin embargo, llevó a otra importante vulnerabilidad: el incendio.

Esta experiencia no se repitió en otras capitales centroamericanas, aunque también habían sido afectadas por fuertes sismos y, no obstante, en casi todas ellas se carecía de un código anti-sísmico moderno hasta, inclusive, finales del Siglo XX.

En términos de relocalización Managua es un ejemplo de lo que puede hacerse bien y lo que puede echarse a perder. En efecto, luego del terremoto de diciembre de 1972 expertos de diversas partes del mundo llegaron a contribuir con la reubicación, relocalización o rediseño de la ciudad, al final de lo cual se hizo un nuevo trazado en el mismo sitio, pero hacia el sur, fuera de la zona delimitada como de más alto riesgo (dado el trazado de las fallas tectónicas) más alejado de la costa del Lago Xolotlán o Lago de Managua.

Los nuevos diseños urbanos previeron una extensión en forma de semi-círculos concéntricos alejándose hacia el sur de la costa del lago y conectando las dos principales vías internacionales, la vieja carretera sur –interamericana- y la carretera norte –hacia Honduras-, así como la carretera hacia la zona del Lago Cocibolga, el gran lago, y la zona fronteriza del pacífico sur con Costa Rica. Ello implicaba la construcción de una nueva ciudad multi-nodal, con diversidad de puntos de intersección de vías, dónde se ubicarían centros cívicos con edificios públicos diversos y desconcentrados.

El plan dejaba la zona de las ruinas de la antigua ciudad de Managua deshabitadas y sus alrededores más inmediatos convertidos en parques y zonas de recreo. No obstante, este diseño funcional y seguro se fue abandonando poco a poco al permitirse la reutilización del centro (en las ruinas), y al reconstruir el propio gobierno (en los últimos 30 años) gran cantidad de obras institucionales en tierras que habían sido declaradas de altísimo riesgo.

San Salvador y Ciudad de Guatemala también han sufrido impactos por terremotos pero en ningún caso, después de la colonia, se intentó trasladar la capital hacia otras zonas, sino que se mantuvo habitada la misma área de mayor impacto y se continuó con la expansión de baja altura por toda la periferia, dando a luz estas amplísimas extensiones de más de cien mil hectáreas con muy bajas densidades.

Tegucigalpa no ha sido destruida por sismos, aunque sí por las inundaciones relacionadas con el Huracán Mitch –y antes por el Fifí en 1974-, pero es altamente vulnerable y un fuerte sismo (7 Richter, por ejemplo) podría causar gravísimos daños a sus habitantes, muchos de los cuales literalmente cuelgan de los cerros, y en particular El Picacho (al norte de la ciudad de 1240 mts), ya que la capital está sobre tres fallas tectónicas importantes (El Reparto, El Bambú y El Berrinche) más otras 15 que han sido detectadas.

La reconstrucción post-Mitch no ha tomado en cuenta esta grave situación y la ciudad ha seguido creciendo con escasos, si hay alguno, tipo de previsión tanto frente al sismo como a la inundación. De hecho, mantiene bajísimos niveles de control de su construcción y el uso de energía, por lo que también, como las otras ciudades centroamericanas es altamente vulnerable al incendio.

Los criterios de sostenibilidad básicos, relativos al diseño vial y residencial (ciudades jardín, etc.) no forman parte de este crecimiento, que ha seguido más bien los patrones típicos de los antiguos caminos de fincas, que se trazaron según las necesidades de los productos (café, caña, ganado, etc.) y por tanto constituyen laberintos que surgen, como ramas de árboles, de las vías regionales internacionales, las que mantienen todavía en buena parte el antiguo trazado colonial, sobre el cual se localizan las nuevas urbanizaciones junto a los grandes centros comerciales o parques industriales.
 
7. Ciudad-región, la conurbación y crecimiento de baja densidad


Las ciudades extendidas tienden a cubrir amplias zonas, valles enteros, y unir antiguas ciudades, decimonónicas o coloniales, en una sola mancha urbana semi-discontinua, pero a la vez enmarañada, con sistemas de circulación no diseñados, sino nada más establecidos desde la época en que se construyeron las antiguas carreteras o caminos que conectaban esas viejas ciudades, pero que ahora se van convirtiendo en barriadas dormitorio, o los suburbios de los centros institucionales y comerciales del SXX.

La conurbación no es completa, sino partida, pero se organiza según los momentos de auge y decadencia económica, los conflictos militares o las décadas de guerra, con sus migraciones masivas de ciudad a campo o viceversa en cada uno de los países. Todo ello sin un plan maestro sub-regional o regional que trace las grandes dimensiones y ejes, a la vez que determine en sus diversas escalas, las condiciones y reglas para la construcción que recibirá a las nuevas generaciones o las poblaciones de reciente o próximo arribo.

En efecto, las migraciones regionales al interior de cada país han sido un elemento esencial de la constitución de las ciudades y nunca se han previsto como parte consustancial de la conformación de las ciudades, tanto las cabeceras regionales como las capitales. Así, por ejemplo, en las décadas de guerra en varias ciudades capitales se presentaron migraciones hacia regiones y ciudades rurales, y al final de los conflictos, se dieron retornos que en algunos casos fueron ciertamente masivos (como en Managua) sin que hubiera previsión alguna que permitiera abastecer de las necesidades mínimas a los nuevos habitantes.

También las migraciones internacionales han tenido inmensos impactos en las ciudades, tanto las capitales, como las nuevas manchas urbanas masivas, pero también en las cabeceras departamentales o provinciales. En algunos casos, el impacto se da densificando barriadas o poblados enteros, en otros todo lo contrario, dejando zonas casi fantasmas deshabitadas por la emigración hacia ciudades mayores o puertos y zonas costeras en auge en busca de trabajo, y claro, este mismo efecto tiene la consabida migración internacional.

Esta crecimiento conurbado se da sobre antiguas amplísimas zonas de cultivo, como el café, en zonas de montaña, y creando condiciones de desestabilización de los terrenos, al subir las calles paralelas a los ríos o riachuelos de montaña, que crecen abruptamente en épocas de lluvia con la desaparición de la antigua capa vegetal, el bosque virgen o la plantación, que tenía algún sistema de control de aguas lluviosas, ahora perdidos.

Como consecuencia es común que se presenten deslizamientos y barrios enteros arrasados por las correntadas que bajas por los riachuelos convertidos en torrentes y arrastran las viviendas y los pobladores, destruyendo todo tipo de infraestructuras y causando altísimas pérdidas económicas y humanas.

En las zonas costeras, sobre las antiguas plantaciones bananeras o fincas algodoneras y ganaderas, también se extienden las manchas urbanas, aunque en mucho menor escala que en las capitales del interior, a lo largo de las carreteras costeras o litorales y en los principales puertos, y claro, son sujetas de impactos anuales con la temporada lluviosa del pacífico de casi ocho meses, y principalmente en los dos meses de más intensa lluvia anual: octubre y noviembre.

Aparte de la ausencia de diseño urbano en términos de las estructuras viales y las orientaciones del crecimiento, hay una serie de razones adiciones para cuestionar la posibilidad de sostenibilidad en el crecimiento continuado de las ciudades centroamericanas, en particular las ciudades capitales:

a. En primer lugar el tema del control relativo y manejo de las aguas residuales, pues en prácticamente ninguna de las ciudades capitales o principales puertos existe una solución equivalente para el volumen de demanda. Con excepción de algunos puertos que han iniciado en años recientes, prácticamente en las últimas dos décadas, el diseño y construcción de emisarios submarinos, la realidad es que en la mayoría de los casos las aguas residuales se lanzan sin tratamiento a los riachuelos y que se convierten en verdaderos colectores abiertos que llegan hasta las costas, que como en el caso de la Bahía de Panamá y el Golfo de Nicoya –CR-, están altamente contaminados.

b. El segundo aspecto es la destrucción de cobertura vegetal natural o de las antiguas plantaciones agrícolas, en las periferias de las ciudades, en particular en las zonas más conurbadas. El crecimiento en baja densidad y poca altura ha ido destruyendo miles de hectáreas, muchas de las cuales son la esencia de las áreas de acopio de aguas subterráneas, que luego sirven para desarrollar los acueductos de servicio a la población de la propia ciudad.

Con excepción de la Gran Área Metropolitana de San José, no hay en toda la región otra ciudad que presente una clara zonificación de protección a sus acuíferos en forma de anillo verde periférico, y que sirva además de zona de contención entre la zona urbanizable y la zona de reserva boscosa o parques nacionales. Lo más común es un crecimiento de escasas, sino nulas limitaciones, que como en el caso de Tegucigalpa sube por los cerros aledaños y los urbaniza casi por completo, o como en el caso de Guatemala baja hasta los barrancos profundos que atraviesan la zona metropolitana y también los saturan de habitaciones y cobertizos hechizos a manera de viviendas mínimas con altas densidades y muy limitados ingresos.

Estos dos elementos determinan un grave problema y obstáculo en la sostenibilidad relativa de las ciudades de la región, y además son disparadores del riesgo y la vulnerabilidad asociada con sismo e inundaciones. 


8. Ciudades urbanas ilegales bajo riesgo en CA:


En las ciudades centroamericanas la vivienda urbana con sus dos grandes tendencias (unifamiliar o en conjuntos) se ha construido con escaso o ningún nivel de diseño; tenemos ciudades ilegales e informales, lo que contribuye a su vulnerabilidad.

Una característica central de la ciudad centroamericana, tanto en la costa como en la montaña, son los barrios de muy escaso ingreso, barrios espontáneos u ocupaciones ilegales (chabolas, tugurios, barrios nuevos) están caracterizados por el uso de materiales de desecho o improvisados, pero especialmente por ser combustibles –madera seca, plásticos, cartón- y a la vez por su construcción laberíntica, estrechos pasillos y rutas sin salidas lo que implica:

1. dificultad para atender incendios
2. propensos a accidentes por estrechos del tránsito
3. alta contaminación por confusión de pasillos y desagües
4. casi imposibilidad de habilitar con agua potable
5. peligrosidad en la accesibilidad a cableado eléctrico (aparte de materiales inadecuados como cable telefónico)
6. dificultad para desalojo de desechos sólidos
7. alta peligrosidad por uso de combustibles para cocinar o alumbrarse (gas, leña, candelas, canfín, gasolina, etc.)
8. escasa ventilación y extremo hacinamiento, que implica alta vulnerabilidad en epidemias como dengue, cólera y similares



En barrios urbanos de sectores de ingreso mayor repiten algunas características por utilizar materiales combustibles y la inexistencia de hidrantes o acceso a servicios contra incendios; pero a la vez la búsqueda de ‘seguridad’ frente a probables robos crea trampas cerradas con barras y múltiples candados imposibles de abrir en caso de incendio o terremoto y que prácticamente impiden el rescate de bienes muebles

La localización inadecuada NO es exclusiva de los sectores de menor ingreso, sino que al contrario la búsqueda de ganancias fáciles por parte de urbanizadoras y la tolerancia de los municipios y departamentos de control de obras –según el país- ha permitido la construcción de urbanizaciones, condominios horizontales y edificios en altura para viviendas en zonas de alta pendientes con tierras frágiles, sin estudios de suelo o diseños adecuados a las condiciones de suelo y probabilidad de sismo o deslizamiento.

La construcción en cauces de ríos, a orillas de lagos y frente a las costas o en humedales y llanuras aluviales o de inundación, así como en áreas de usual impacto de huracanes es algo normal y usual en prácticamente todos los países, siendo escasos aquellos protegidos con diques o bordas; y más escasos aún los diseños de viviendas en pilotes, con alturas y materiales apropiados para humedales o zonas de inundación o ‘llenas’ por mareas extraordinarias en ciclos de varios años.

La construcción y el diseño de viviendas apropiadas para resistir impactos horizontales por vientos huracanados o ciclónicos, ha llevado en algunas sociedades a crear estructuras pesadas y resistentes a tales vientos, pero que se mostraron frágiles frente al impacto del sismo –como muchas casas japonesas típicas-. En forma similar la vivienda construida con patrones importados de climas distintos y diferente recurrencia del sismo se muestra inadecuada para resistir terremotos comunes o lluvias de ceniza en nuestras ciudades, como en el caso de San José –CR- en los años sesentas.

 
9. Responsabilidad y expectativas

La ciudad y vivienda sostenible es una noción que debe ser construida antes de plantear los desafíos de alcanzar su realización. El término sostenible de por sí es una suerte de acertijo y tiene múltiples significados o definiciones en la amplísima literatura ‘verde’, ‘ambientalista’ o de ‘desarrollo en armonía con la naturaleza’, etc.

Es un término que puede significar poco, como construir simplemente con algunos materiales o abastecimiento energético que reduce el desperdicio o la emisión de CO2, hasta implicar la reducción de riesgo o el aumento de la seguridad de sus habitantes por vía de hacer construcciones adaptadas integralmente a su espacio, tiempo y uso saludable, perdurable y seguro.

En medio se pueden encontrar discusiones de qué tanto se debe incluir para facilitar el alcance de resultados o porque se enfatiza la disciplina o profesión del que define: así será muy distinta la definición del arquitecto a la del biólogo, la sociólogo o de geógrafo a la del ingeniero, etc.

El diseño arquitectónico no se puede hacer sobre planos vacíos, hay un entorno inmediato, una ciudad, una región, un país, una cultura; hay principios y conceptos sobre sostenibilidad y control adecuado del uso energético o disposición de los residuos. El diseño espacial de la menor escala (el dormitorio, espacio común, los servicios), es decir el plano interno del apartamento, es apenas una pequeña dimensión que se encuentra en un edificio en altura con vientos, sol y lluvia tropicales.

No se trata nada más de tener una buena planta de 60 metros, hay que tener un diseño espacial total, que incluye el cambio en el tiempo a lo largo de las temporadas anuales y de la ciudad y el país en el mediano y largo plazo, es decir a lo largo de la vida del edificio: las familias crecen, envejecen, requieren de nuevos servicios y demandas a lo largo de su vida familiar.

Al optar por una perspectiva más integral y multidisciplinaria de ‘sostenible’ se deben incluir requerimientos que partan de la localización y adaptación climática, geográfica y estructural según las condiciones del terreno, meteorología, altura y coordenadas (vivienda tropical con especificaciones inmensamente distintas de las regiones con estaciones marcadas, o extremas como las árticas)….
Las ciudades, para ser sostenibles, y al reconstruirlas de manera sostenible requieren de superar algunas deficiencias típicas de los procesos de reconstrucción:

A. los proyectos de reconstrucción normalmente nunca llegan a realizarse y las familias por sí mismas desarrollan sus propias prácticas reconstructivas sin tener presente los riesgos repetidos que se reconstruyen con sus nuevas viviendas. Es lo normal que sean proyectos individuales y que cada familia avance en sus propios términos, con sus propios medios, conocimientos, destrezas y capacidad financiera –que usualmente es muy baja sin apoyo institucional privado o público-

B. Los proyectos de reconstrucción estatales o privados pero para grupos de viviendas, aunque se hagan en distancias típicas de zonas rurales- deben partir de una evaluación de daños adecuada y precisa, pero deben diseñarse en función de las transformaciones usuales de las familias y las comunidades y sus condiciones culturales, étnicas o socio-económicas:

PERO los problemas para la aplicabilidad de las restricciones o regulaciones son múltiples y no se han superado prácticamente en ningún país de Latinoamérica y el Caribe.

En primer término, hay una gran debilidad jurídica, los reglamentos son desconocidos (en particular en zonas rurales o conglomerados urbanos pobres) y son poco utilizados por constructores de diversa condición, no solo los auto/constructores; de hecho existen muchos ejemplos de diseños de arquitectos, ingenieros o técnicos que hacen caso omiso de algunos aspectos de los reglamentos en sus obras en razón de costos o de conceptos, asumiendo que tales limitaciones son demasiado onerosas y excesivamente rigurosas: suponen que sus obras podrán tener una vida útil suficientemente larga como para que no haya necesidad de cumplir con restricciones relativas a eventos que probablemente no ocurrirán o se presentarán en grados relativamente más benignos.

En segundo término, las instituciones carecen de capacidad de control y de ninguna manera los municipios tienen el soporte técnico y financiero para controlar la aplicación de los reglamentos emitidos por ellos mismos. Los municipios y otros entes contralores tienden a limitarse a cobrar las tarifas y sellar los planos, es decir papel y dibujos, pero lo que se construye puede ser muy distinto; en particular en viviendas individuales de bajo presupuesto, las que comúnmente se modifican en el sitio de construcción y terminan siendo muy distintas de lo que está dibujado en los planos constructivos aprobados.

Los elementos generadores de riesgo vinculados a la arquitectura tampoco pueden verse como un asunto de los arquitectos, ingenieros y constructores, sino como el sumario concatenado de actos generados en diversas dimensiones sociales, incluidas las económicas, políticas, culturales, ideológicas y hasta militares.

Los arquitectos no diseñan y construye lo que se les antoje –aunque a veces lo parezca- sino lo que el medio social les demande y les permita. De hecho son simplemente excluidos del proceso generador, el diseño y construcción de más del 60% de las viviendas que se construyen en muchas de las ciudades latinoamericanas, incluidas todas las centroamericanas, claro.

Los últimos dos siglos permitieron la introducción de múltiples aportes técnicos, tanto en materiales como en diseños e investigación, pero la vivienda popular ha seguido en altísimos porcentajes siendo algo que se construye con poquísimos recursos económicos y muy rudimentarios conocimientos, tanto del diseño, como de la construcción o las posibles adaptaciones para proteger adecuadamente a sus habitantes.

Ni la legislación, ni los controles estatales, ni la directa intervención de los profesiones y sus organizaciones han logrado superar las condiciones obligadas por las restricciones económicas, de manera que hoy día se siguen desarrollando las barriadas pobres en las ciudades donde decenas de miles de familias se aglomeran y se hacinan en condiciones infrahumanas y en los sitios más peligrosos –que son los más baratos o no tienen precios, en particular porque se obtienen por ocupaciones ilegales-.

La enorme, casi increíble riqueza de la construcción popular y sus aportes a la arquitectura requieren todavía los estudios que den cuenta de sus múltiples posibilidades para solucionar problemas agobiantes para las poblaciones crecientes de nuestras ciudades.

Hay una carencia generalizada de evaluadores de daños y defectos constructivos relativos a la ocurrencia de desastres por inundaciones y sismos, lo que crearía a la vez la oportunidad de generar procesos de formación profesional o técnica que redundaran en casas y asentamientos más seguros y menos costos en caso de emergencias al disponer de técnicos locales disponibles para atender de inmediato las situaciones críticas dispersas.

No son los arquitectos los únicos o directos responsables, obviamente, pero si son los constructores y diseñadores los más inmediatos actores con conocimientos técnicos suficientes para intervenir o denunciar así como persuadir y enseñar (según sea el caso) a los pobladores, clientes, empresarios o políticos, de manera que se reduzcan aquellos espacios habitables o de trabajo que implican serios peligros para sus usuarios.

En particular y con más énfasis cuando se refiere a espacios de uso colectivo o masivo (como estadios o iglesias y balnearios u hoteles), y todavía con más intensidad será la responsabilidad en el diseño y construcción de sitios donde se aglomera población especialmente vulnerable (como hospitales, hospicios, escuelas y similares) o sitios de altísimo interés público (como estaciones de bomberos y centros de emergencias), así como sitios de especial peligrosidad (como instalaciones de gasolina o gas).

Pero por encima de todo deberán los arquitectos responder con su creatividad a la demanda de vivienda popular de bajísimo costo con diseños simples y fácil comprensión para uso masivo en municipios y su puesta a disposición para empresas locales pequeñas y en particular para uso de los auto/constructores. Ya no solo a los diseños urbanos y relativos a la planificación de ciudades y regiones.

Los procesos constructivos y de diseño arquitectónico y urbano/regional y ambiental son solo un elemento de una compleja mezcla de dinámicas sociales, culturales y productivas, pero están insertos de forma activa en ese conjunto integrado de acciones colectivas humanas y del resto de la naturaleza.


Conferencia en:
V CONGRESO ECOCIUDADES, Fac. de Arquitectura, U Gran Colombia, oct 2011